Dirigentes del partido Farc, hoy senadores, siguen negando que esa guerrilla reclutara niños
En el 2015 el periódico La Campana entrevistó a desmovilizados de esa guerrilla, entre ellos a dos jóvenes, una de ellas reclutada por las Farc y el ELN. En este espacio reproducimos sus testimonios.
El dolor por el reclutamiento de niños y adolescentes por parte de la guerrilla de las Farc no cicatrizará en Colombia, mientras no haya verdad, justicia y reparación.
Precisamente, por estos días la JEP vinculó en calidad de comparecientes a 37 integrantes de la “ex guerrilla” de las Farc y citó a varios de sus integrantes, entre los cuales están actuales congresistas, a rendir versión individual por el reclutamiento y utilización de niños y niñas al conflicto armado.
En recientes declaraciones a la periodista Vicky Dávila, el senador Rodrigo Londoño Echeverri, presidente del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) y conocido con el alias de Timochenko, afirmó con relación al reclutamiento de niños: “Hubo combatientes de 15 años de edad, pero no reclutamiento de niños”.
Igualmente, quien fuera compañera sentimental del máximo jefe de las Farc, alías Tiro Fijo, Griselda Lobo Silva o Sandra Ramírez, designada el pasado 20 de julio como segunda vicepresidenta del Senado de la República, también negó que ese grupo subversivo reclutara forzosamente a niños y niñas. Que los casos que pudieron haber existidofueron sancionados con toda la severidad de las normas deese grupo alzado en armas, afirmó. También, con gran convicción aseguró la integrante de la mesa directiva del Senado, que si volviera a nacer, volvería a ser guerrillera.
Pero, los testimonios de las víctimas dicen todo lo contrario y acusan a estos líderes del partido de las Farc, de ser culpables del reclutamiento y violación de niños y niñas.
En el 2015 el periódico La Campana entrevistó a desmovilizados de la guerrilla, entre ellos a dos mujeres, una de ellas, doblemente reclutada, tanto por las Farc como por el ELN. Ambas huyeron y se entregaron al Ejército en Popayán. Es oportuno revivir sus testimonios, que como estos hay muchos más documentados en medios de comunicación nacionales e internacionales. A ellas se les cambió el nombre para proteger su identidad:
Adriana, reclutada a los 13 años, estuvo en las FARC y ELN
(Edición, periódico La Campana, 4 de agosto de 2015)
Las historias de los reinsertados son conmovedoras, y la de Adriana es mucho más. Ella es una joven madre, que cuando huyó de la guerrilla no sabía que estaba embarazada, su hijo ha sido su mayor aliciente.
Esta mujer, de cabello claro y largo, de sensibilidad a flor de piel, oriunda de un pueblo del sur del Cauca, hizo su relato entre suaves sollozos, pero con claridad. Parecía que estuviera haciendo una catarsis. Por eso transcribimos su narración en primera persona.
Mi incorporación a las filas de las FARC no fue voluntaria, fui reclutada por un grupo de las FARC cuando tenía 13años. Los guerrilleros llegaron a mi colegio en la vereda y dijeron que todo el mundo debía aportar a la lucha que ellos adelantaban. Yo no entendía de qué me hablaban, estaba muy asustada. Nos escogieron al azar a 13 estudiantes.
En ese momento mi familia no se enteró, porque vivíamos en otra vereda. Al día siguiente a mis papás les llegó la noticia, no pude despedirme de ellos, ni volver a tener comunicación, porque de inmediato nos sacaron de la zona hacia Nariño. Durante un año no supe nada de mi familia.
Duré un año en las FARC. La vida en la guerrilla es muy dura, es inhumana y más aún cuando no ha sido por voluntad propia pertenecer a esas filas. Aguanté un año y dije no más, tengo que hacer algo para salir o morirme. Entonces tomé la decisión de autolesionarme y me disparé en un pie, ahí tengo la cicatriz. Por fortuna la mentira que dije me funcionó, fue creíble y me libré de que me fusilaran, porque en la guerrilla es así, allá hay unos estatutos y si no se cumplen, da para fusilamiento, y más aún, cuando lo mío fue con intensión de fugarme.
Era consciente de lo que pensaba hacer, a pesar de que había visto a muchos compañeros intentar salir autolesionándose y los fusilaron. Logré que me entregaran a mi familia, uno de mis hermanos fue por mí. Le dijeron que no podían continuar conmigo y que lo hacían responsable de lo que me sucediera, que ellos volvían a recogerme y que enviarían dinero para mis curaciones. Pasaron seis meses y no supimos nada de las FARC. A mis papás les tocó vender lo poco que tenían para mi curación.
Pensé que había logrado lo que en su momento planeé, cuando un día, después de seis meses, regresaron por mí los de las FARC. Les respondí que me hacía falta tiempo para el tratamiento, de hecho no podía caminar. Respondieron que esa era la orden, que me daban tres horas más para que compartiera con mi familia. Mis papás lloraban, yo no sabía qué hacer. Mi papá me dijo, que con el dolor de su alma prefería que regresara, a que me mataran. Sabíamos que no había nada qué hacer, tocaba volver a las FARC. En la zona en donde vivía, también operaba el ELN. Un comandante de ese grupo que se estaba dando cuenta de la situación, se acercó con una propuesta: que si mi familia y yo queríamos, que él me llevaba para el ELN sin ningún compromiso, y que cuando ya estuviera recuperada y que las FARC no siguieran molestando, me dejaba salir y que me podía ir a donde quisiera. Aceptamos esa idea, fue así como de las FARC pasé a hacer parte del ELN.
Hubo conflicto entre las dos organizaciones subversivas, porque las FARC no aceptaban que el ELN le quitara gente. Entonces decidieron canjear a dos niñas que estaban en el ELN y que tenían un hermano en las FARC, por mí. Es decir que quedé en el ELN. Al comandante con el que había hecho el convenio, lo trasladaron al Huila y en un combate con el Ejército murió. Cuando me enteré, fui a hablar con el otro comandante y le comenté sobre ese arreglo para poderme ir. Me respondió que mi incorporación la había reportado como otra más y que del ELN tampoco había salida.
Sin quererlo volví a quedar en otro grupo subversivo. Pasé nueve años en el ELN, igual, aguantando sufrimientos. Llegué a creer que eso era lo que me tocaba vivir, porque no había salida. A veces la gente dice por qué aguantan tanto si es tan dura la guerrilla, por qué no se van. No se puede porque esos grupos tienen contra uno un gran seguro que es la familia. Me tocó ver varios casos de compañeros que lograban huir, pero inmediatamente les cogían al papá, la mamá y los hermanos. De hecho, tuve que prestarles guardia a esas personas porque los hijos habían desertado y hasta que regresaran soltaban a sus familiares. A un papá lo fusilaron porque el hijo jamás regresó. Yo no podía, entonces, arriesgar la vida de mi familia.
Pasaron nueve años para lograr salir, gracias a la confianza que me había ganado al interior del grupo, en los últimos años me dejaban comunicarme con mi familia cada seis o siete meses por medio de cartas. Fue así como logramos planear una estrategia. Mi familia era consciente de que si yo lograba salir del ELN, ella también debía abandonar la zona. Por amor lo hizo, dejó todo botado y se trasladó a una región más segura, en donde no corría peligro, de eso me enteré como a los cuatro meses.
Un ángel en el camino
Tan pronto tuve la primera oportunidad, la aproveché. Un día me enviaron a hacer un mandado, me dieron 15 minutos. Corrí como nunca lo había hecho, salí a una vía por donde pasaba un bus intermunicipal que viene a Popayán y lo paré, le pedí al conductor que me ayudara, él se asustó porque yo iba con camuflado, fusil y con todo. Pensó que era un retén de la guerrilla. Le insistí que me ayudara, que me estaba volando. Los cuatro pasajeros que llevaba me apoyaron. Subí al bus, él cerró la puerta y no volvió a recoger a nadie. Venía muy nerviosa porque no sabía a qué me iba enfrentar, pero cualquier cosa era mejor que estar en la guerrilla. El conductor me dijo que no me asustara, que me iba a ayudar y acompañar. Llamó en el camino a un familiar suyo que conducía un taxi y le solicitó que nos esperara en el terminal de Transporte de Popayán, le comentó que traía a una muchacha que venía de la guerrilla. Cuando llegamos al Terminal, el señor del taxi nos esperaba. Obviamente la gente se sorprendió al verme de camuflado y con fusil. El conductor dejó el bus en el Terminal y subimos al taxi, me llevaron al Batallón. Con el susto que traía no le pregunté el nombre, sé que es alguien de Popayán que me ayudó. De eso hace seis años.
En el Ejército me recibieron, estuve tres semanas en el Batallón José Hilario López mientras hacían la investigación pertinente, luego me enviaron a los hogares de paz en Bogotá, que son del programa de Desmovilización. Allí permanecí tres meses en el proceso de entrevistas para salir certificada con el CODA, que es el número que le dan a cada persona desmovilizada, luego de confirmar que perteneció a un grupo guerrillero y que tiene voluntad de abandonar esa organización y reintegrarse a la vida civil.
Este CODA lo da el Comité Operativo para la Dejación de Armas. Con esa certificación quedé libre, y lo primero que quería era reunirme con mi familia, no veía la hora. Pero fue muy duro, porque mi papá ya no estaba, había muerto estando yo en la guerrilla, y no lo sabía, no me habían querido contar. He superado muchas cosas, gracias al proceso de desmovilización y de reintegración, como los traumas y dolores con los que venía de la guerra, pero la pérdida de mi papá me afectó mucho más, porque uno en últimas aguanta y sobrevive con la ilusión de algún día encontrarse con toda la familia, pero venir y no hallarla completa ha sido terrible.
La guerrilla está llena de gente buena, excepto los comandantes, porque ellos están ahí para su beneficio. La mayoría de guerrilleros rasos es reclutada, gente que jamás decidió estar allí, sino que le tocó porque otros lo decidieron. Muchos chicos llegan buscando una mejor vida, huyendo del maltrato en su casa, entonces creen que la guerrilla es la mejor opción y se encuentran con una realidad totalmente diferente. También se enfilan porque les prometen cosas. Están allá por diferentes situaciones que muchos desconocen. A ratos me pregunto: ¿Por qué para el Estado colombiano yo no soy catalogada como víctima, sino victimaria? Entonces, qué más me faltó vivir para que me miren como víctima. Perdí a mi papá, perdí nueve años que los hubiera compartido con él y perdí mi juventud. Pero, gracias a Dios la vida me dio otra oportunidad, he logrado salir adelante y hoy puedo decir con certeza que la reintegración sí es posible, que la paz sí es posible. A los chicos, hombres y mujeres que están allá y que creen que no tienen otra oportunidad, les digo que sí la hay, y se debe aprovechar y saberla valorar.
Cuando llegué a Popayán huyendo de la guerrilla, no sabía que estaba embarazada. Mi compañero se quedó allá, él me ayudó a huir, pero no sé si habrá sobrevivido.
Gracias a Dios el Gobierno creó estos programas para nosotros los que pertenecimos a esos grupos. Logré terminar mis estudios, primero el bachillerato y luego hice formación técnica en sistemas en el Sena, también un tecnólogo en producción agrícola.
He recuperado todo. Aún no he concluido el proceso de reintegración, pero tengo trabajo formal, soy promotora de la misma Agencia Colombiana para la Reintegración.
Vivo con mi mamá, con mi hijo de seis años y mi hermana. Mi niño es lo mejor, es mi motivación, es un sueño, porque en la guerrilla las mujeres no podemos ser madres. Por él me esfuerzo cada día para brindarle un buen futuro.
Respecto a la paz, creo que todo esfuerzo que se haga para buscarla es muy valioso. La gente está cansada de tanta guerra. Muchos de los que están en la guerrilla saben que no van a lograr nada, porque nada se logra desde la ilegalidad.
“Durante siete años estuve luchando al son de nada”
Hace apenas unos días Mónica (*), escapó de la guerrilla de la FARC, en el sur del Cauca y se entregó al Ejército en Balboa. El miedo está vivo en ella, su mirada, un tanto de desconfianza es entendible, pues no es fácil huir de la subversión.
Esta espigada afrodescendiente, tan pronto llegó a la libertad también recobró su vanidad de mujer, adornándose con delgadas y largas trenzas, vistosos collares, pulseras y anillos que hacen juego con sus uñas de arco iris. Eso no se lo permitieron en los siete años que estuvo en el monte con un fusil a cuestas, como tampoco el corto short que llevaba puesto.
Con la promesa de que le darían lo que necesitara y que podría ver a su familia cuando quisiera, ingresó a las filas subversivas. Pero estando en el monte se dio cuenta de que los ofrecimientos no eran verdad. Durante esos sufridos siete años no pudo ver a su familia ni comunicarse con ella, lo hizo hace apenas unos días, al llegar a la libertad. A su tía, quien la crió, ya le habían contado que estaba en la guerrilla, por eso su sorpresa fue grande. “Bendito sea Dios que usted salió de eso”, exclamó la mujer.
Es verdad, dijo jugando con sus manos, porque durante esos siete años estuve luchando al son de nada, llevando mala vida por allá, afirmó mirando al suelo.
Pero, ¿cómo logró escapar de la guerrilla? Cuenta que estaba de guardia y se puso a pensar en su familia, entonces tomó la decisión. Aprovechó que sus compañeros dormían y que sabía por dónde podía huir. Lo hizo vestida de civil, a las 11 de la noche de un sábado. Tomó la carretera hasta llegar Balboa, Cauca. Por el camino no vio a nadie, al llegar a la población, luego de seis horas y media de angustioso caminar, a las 5:30 de la mañana se entregó en la base militar con el fusil. ‘En la base me recibieron, me atendieron bien y me mandaron, hace unos días, al Ejército en Popayán. Me han dicho que me envían a Bogotá a terminar el bachillerato y que luego puedo estudiar la carrera que quiera’.
Dice sentirse muy bien habiéndose entregado, porque le atormentaba llevar siete años en el monte acabando su vida, mientras le repetían los jefes guerrilleros que el beneficio era seguir la guerra.
Contó que hay muchas muchachas jóvenes y niños menores de edad en las filas de la guerrilla acabando su vida. Que algunos guerrilleros pensaban que si se daba la paz, los iban a mandar para la casa, pero que los jefes dicen que no, que dejarán las armas pero seguirán cumpliendo órdenes.
‘Mi mensaje es más que todo para las mujeres para que se desmovilicen, que vengan a tener una nueva vida con sus familias, que no la acaben en el monte, que aquí tienen todo lo que necesiten’, dijo finalmente Mónica, quien comenzará el proceso de reintegración a la vida civil que toma entre dos y siete años.
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